¿De dónde es? No lo sé, es un hermano, es una hermana.
Veinte meses de Proyecto Vínculos, vistos desde la mirada de Dayana, delegada de la Fundación Asha-Kiran en Málaga.
Ha pasado un año y medio desde la creación en Málaga del Proyecto Vínculos.
Cuando decidimos embarcarnos en esta aventura, y con un local cedido como primer paso hacia lo desconocido, no éramos conscientes del impacto que iba a generar en la ciudad, en las personas usuarias, en las voluntarias y, de una manera más amplia, entre la ciudadanía.
Tampoco era consciente del impacto que iba a tener en mí.
Teníamos muy claro que el Proyecto iba a estar dirigido a las personas con menos apoyo y en situaciones especialmente desfavorables: personas migrantes en situación de calle o de alta precariedad habitacional. Personas con larguísimos viajes migratorios a sus espaldas, con historias de pérdida, guerra, esclavitud o explotación. Solicitantes de asilo y personas refugiadas.
A todas ellas nos propusimos ofrecerles un espacio de acogida al que acudir. Y quisimos movilizar para ello a la ciudadanía y al barrio, ofreciendo clases de castellano y alfabetización impartidas por personas voluntarias.
Y Málaga respondió.
Desde el inicio contamos con suficientes personas para sostener cuatro turnos diarios de clases. Personas que se organizaron y comprometieron para mantener un espacio de bienvenida y calidez incondicional.
En estos 20 meses han pasado por nuestra pequeña sede de 30 m² más de 900 alumnas y alumnos.
Hemos enseñado español y escuchado relatos de largos tránsitos migratorios. Hemos acompañado individualmente, facilitado alojamiento, tramitado documentación y sostenido emocionalmente. Hemos jugado y aprendido a comunicarnos con las manos, las miradas y el alma.
Hemos ido a museos, a la Feria, participado en la maratón y visitado bibliotecas flotantes. Personas con infancias y procedencias, credos e idiomas distintos nos hemos encontrado en un milagro de probabilidades y nos hemos hecho amigos. Hemos reído y disfrutado mucho. Nos hemos olvidado, por momentos, de quiénes creemos ser, del color de nuestra piel, de nuestra religión y de tantas cosas que aparentemente nos separan.
Nos hemos unido a través del idioma y de la curiosidad.
Nos hemos aconsejado, intercambiado ropa, maletas y zapatos. Nos hemos puesto en la situación del otro y hemos comprendido muchas cosas que antes estaban veladas, prejuiciadas por comentarios políticos y opiniones que, a menudo, ni siquiera son nuestras y tomamos prestadas.
Nos hemos abrazado. Y cuando volvemos a encontrarnos, la mirada es la de quien ve a un hermano. Nos reconocemos.
En el Proyecto he conocido la incomparable experiencia de estar al lado de alguien a quien estimas profundamente porque lo has conocido en su extrema vulnerabilidad y aparece el sincero deseo de que su situación mejore. Hemos comprendido que, cuando su situación mejora, también mejora la nuestra. Algo se recoloca, se pone en su sitio. Por un instante, el mundo parece más justo y la palabra hermano cobra significado.
A veces me preguntan: «¿De dónde es esta persona? ¿De qué color es?» Me cuesta responder. Ya no sé si es blanco o negro. Los colores y las procedencias dejan de ser lo importante. A veces me sorprendo porque ni siquiera he reparado en ello.
Nos vemos con los ojos del alma.
Hace unos días estaba en la Fundación hablando precisamente con un alumno que, además, ahora es voluntario. Hay alumnos que, a fuerza de recibir amor, también desean ofrecerlo y ponerse a disposición de otras personas migrantes o refugiadas que, como ellos en otro momento, encontraron en nuestro espacio un lugar seguro, de respeto y reconocimiento.
Cada vez son más las personas que desean ofrecer, porque saben que ofrecer también les hace sentir bien y que, con su disposición, contribuyen a que otros compañeros sean un poco más felices.
Porque el que da es rico.
Estaba con este alumno-voluntario y le pregunté por otro compañero al que hacía meses que no veía. Pensé que estaría trabajando en algún lugar de la costa. Lo recordaba con mucho cariño: muy joven, risueño y bastante poco concentrado en las clases. Cuando lo miraba pensaba en todo el porvenir que tenía por delante y, al mismo tiempo, en el arduo camino que aquellos ojos tan jóvenes ya habían transitado.
Unos días después, para mi sorpresa, apareció de nuevo en clase.
Llegó imponente, con su túnica. Se había hecho más grande durante aquellos meses. Cuando nos vimos nos abrazamos con una fuerza y una intensidad que me sorprendieron. Había verdadera alegría en aquel reencuentro.
Me enseñó fotografías de su familia, desplazada desde Somalia a Kenia: su madre, su esposa, su hijo, su hermana. Me contó que había ido a visitarlos. Ahora estaba de vuelta en Málaga y, esta vez, «ahora sí», tenía verdadero interés en aprender español.
Durante su ausencia había echado de menos nuestro país. Lo amaba. Estaba agradecido por lo que aquí había recibido. Amaba nuestro idioma y quería conocerlo mejor.
Eso es lo que quienes somos voluntarios en el Proyecto Vínculos tratamos de hacer cada vez que acudimos a dar una clase, organizamos una salida, acompañamos como personas Referentes o sencillamente estamos disponibles: hacerles partícipes del mundo que habitamos. Que sientan que forman parte de él. Que aquí no se excluye a nadie.
Entre nuestros alumnos hay personas rusas, ucranianas, somalíes, marroquíes, argelinas, guineanas, camerunesas, malienses, nigerianas… Últimamente hemos acompañado también a personas alemanas, francesas y nepalíes.
La maravilla de la diversidad es descubrir que, en el fondo, todos necesitamos cosas muy parecidas: estabilidad, un lugar donde dormir, medios para trabajar y poder sostener nuestra propia vida. Y, sobre todo, necesitamos una comunidad a la que pertenecer, sentirnos orgullosos y satisfechos de nosotros mismos y tener la posibilidad de desarrollarnos.
Y ahí es donde las personas voluntarias y las personas usuarias se encuentran y, a veces, incluso se confunden y difuminan.
Lo que la mayoría de nuestros alumnos desea, ¿es realmente tan diferente de lo que deseamos quienes somos voluntarios?
Yo diría que no.
Cuando alguno de nuestros alumnos alcanza cierto grado de estabilidad, comienza a estar en disposición de dar. Y entonces algunos deciden convertirse también en voluntarios: para ayudar a otros, mas también para ayudarse a sí mismos, encontrar equilibrio y sentirse en paz.
Cuantos más espacios de acogida y encuentro seamos capaces de crear, espacios donde dar cobre un significado mayor, más seremos. Y quizá nuestros hijos puedan vivir algún día en un mundo con menos miedo a lo desconocido.
Ser voluntaria de la Fundación Asha-Kiran, personalmente, me ha abierto el alma. Me ha enseñado otra manera de mirar el mundo: una mirada más dulce, más comprensiva y amplia.
Me emociona ver a tantos jóvenes inclinados sobre sus textos, haciendo verdaderos esfuerzos por pronunciar los sonidos de nuestro idioma: A, B, C, D, E…
No solamente están aprendiendo una lengua. Están descubriendo una forma de ser, una cultura, una historia. Y a ellos también se les endulza la mirada.
Aunque después tengan que irse a dormir a la playa, a veces lo hacen repitiendo frases en español y soñando realmente que tienen un futuro. Que existe una posibilidad. Que quizá el mundo no sea tan hostil como parecía cuando no tenían un lugar al que acudir.
Ahora saben que hay un lugar donde siempre son bienvenidos. Donde son escuchados y respetados. Donde son reconocidos con todo su valor.
¿De dónde es?
No lo sé. Es un/a hermano/a.
— Dayana, delegada de Asha-Kiran en Málaga
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Detrás de estos encuentros hay un pequeño espacio que mantener abierto, clases que sostener, acompañamientos, actividades y, sobre todo, una comunidad de personas que ha decidido no permanecer indiferente.
Puedes formar parte de ella haciéndote voluntario/a del Proyecto Vínculos y compartiendo parte de tu tiempo, o haciéndote socio/a de Asha-Kiran, ayudándonos a dar continuidad a esta labor.
Quizá no podamos posibilitar la transformación de una vez todas las circunstancias que llevan a una persona a abandonar su hogar. Mas sí podemos decidir cómo la recibimos cuando nuestros caminos se encuentran.
El Proyecto Vínculos de la Fundación Asha-Kiran cuenta con la financiación del Ayuntamiento de Málaga, a través del Área de Participación Ciudadana, Migración, Acción Exterior, Cooperación al Desarrollo, Transparencia y Buen Gobierno.