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Un Lunes de Ropa, Historias y Esperanza

Cuando entré a la Fundación el lunes, estaba completamente llena de personas. Habían sido muy puntuales, se les había citado a las 10 en punto.

Observé a un alumno que viene a mi turno y que suele ser muy discreto. Lo vi abasteciéndose de una buena cantidad de ropa; incluso había tomado una maleta donde iba depositando las prendas.

La maleta no formaba parte de las donaciones —pertenecía a una voluntaria que la había traído solo para transportar la ropa—, así que, con delicadeza, le dije que no podía llevársela.

Me extrañó su comportamiento, mas no le di más importancia.

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Hoy he sabido que lo trasladan de centro de acogida, que se va a Almería con otro alumno. Y entonces lo he comprendido todo: el chico se estaba preparando, abasteciéndose para lo que pudiera suceder.

En Asha-Kiran ha encontrado personas amables y disponibles. Lleva poco tiempo con nosotros, pero su marcha se siente.

Un par de noches antes de todo esto me había enviado un mensaje al móvil de la Fundación. Decía solo: “hola”. Era su forma de despedirse.

Ese mismo lunes, una mujer —también alumna— recogió dos bolsas grandes llenas de ropa. Pero no se marchaba; se quedaba por allí, mirándome, mirando las bolsas. Yo pensaba: “¿por qué no se va?”.

Después comprendí que quería pedirme algo, o que la acompañara a casa (sé dónde vive, y no está cerca de nuestra delegación), o alguna otra solución por mi parte. Podría haberle dicho: “deja algo de ropa y otro día la recoges”. Algo que aliviara su carga. Pero en ese momento no se me ocurrió.

Ella, en su extrema timidez, al cabo de un rato miró las bolsas, las cargó y se fue…

A menudo, la labor en Asha-Kiran es eso: ver lo que el otro no dice, escuchar más allá de las palabras. Detrás de cada prenda entregada hay una historia. Detrás de cada mirada, una vida que busca un lugar donde ser vista.

El Mercadillo Solidario fue, sí, una jornada de reparto de ropa. Mas también fue —como tantas veces ocurre en este Espacio de Acogida— un recordatorio silencioso de lo que somos: un lugar donde el dar y el recibir se funden, donde cada encuentro nos enseña a mirar más despacio, con más corazón.

Por Dayana Saavedra, Delegada de Asha-Kiran en Málaga

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